Es la oración de Jesús. Para entrar en “comunión” con El.
Formaba parte de las realidades “secretas” de los primeros cristianos.
Una pena trivializarlo, decirlo “de carrerilla”.

Padre nuestro que estás en el cielo. Hoy la figura del padre está un poco en crisis (bondad y autoridad). Es una afirmación fundamental.
Santificado sea tu nombre. Que no sea deshonrado su nombre por culpa nuestra. Dice el profeta:
“Sabrán los paganos que yo soy el Señor cuando se muestre mi santidad en vosotros” (Ez 36,22).
Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad. Pensar en todo lo que de bello, santo, magnífico, ha pensado y querido Dios para nosotros, en ese amor que Jesús vino a traer a la tierra... “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 20). Crece al crecer los que creen el Cristo... y completan en su carne lo que falta a la pasión y resurrección de Cristo. El Reino de Cristo en otros continentes (Asia) y en nosotros esos “continentes” interiores de nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestros gustos...
“Que el pecado no siga reinando en nuestro cuerpo” (Rom 6, 12).
Danos hoy nuestro pan de cada día. No “dame” sino “danos”.
Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos...
San Agustín dice: “su perdón no se obtiene sólo con el bautismo, sino también con el rezo diario del padrenuestro. Es incompatible rezar el padrenuestro y tener resentimientos o pequeños rencores.
No nos dejes caer en la tentación... no pedimos no tener dificultades, sino fuerza para superarlas.
Líbranos del mal... el mal puede ser de dos tipos: el que recibimos y el que hacemos. El peor es el segundo (Vaticano: las torturas han hecho más daño a EEUU que el 11 S). Líbranos de hacer el mal.







