miércoles, 5 de septiembre de 2007

La Parábola del hijo pródigo

Un día, Jesús, ante las murmuraciones de los escribas y fariseos, que criticaban su trato con “publicanos y pecadores”, contó una parábola, una de esas historias inventadas, de las que se valía para explicar, por comparación, una verdad importante o una enseñanza moral.

Pocos textos nos ayudarán tanto a entender la Penitencia como esta “Parábola del hijo pródigo”. Es como un resumen perfecto de la doctrina del Señor. Es como un evangelio en miniatura, donde encontramos una síntesis del mensaje que Jesucristo quiere transmitirnos a todos los hombres: que el pecado es lo peor que nos puede ocurrir, que hemos de tener la valentía de reconocerlo y arrepentirnos, que Dios es un padre bueno siempre dispuesto a perdonarnos.



El hijo pródigo (Lc 15, 11- 32)

Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo disolutamente.

Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre.

Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."»


Podemos imaginar con todo su dramatismo, la dolorosa partida de este hijo que no está dispuesto a razonar. Aquel Padre vería alejarse por el camino, con los ojos nublados por las lágrimas, a su querido hijo. Quizá hasta el último momento le gritó suplicante: ¡No lo hagas!... ¡Vuelve! Dice SAN AGUSTÍN en Las Confesiones “¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! (…) me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste…”

7 puntos de reflexión (CATECISMO DE LA IGLESIA n. 1439)

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en esta parábola, cuyo centro es "el Padre misericordioso":

1. la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna;
2. la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna;
3. la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos;
4. la reflexión sobre los bienes perdidos;
5. el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno;
6. la acogida generosa del padre;
7. la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

Comentarios de Juan Pablo II

Juan Pablo II, comentó en distintas ocasiones esta parábola de la misericordia divina. Dice entre otras cosas:

Encíclica “DIVES IN MISERICORDIA” n. 5:

Aquel hijo, que recibe del padre la parte de patrimonio que le corresponde y abandona la casa para malgastarla en un país lejano, "viviendo disolutamente", es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. La analogía en este punto es muy amplia. La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado (…)

La analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le había hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en ello anteriormente (…) El se mide a sí mismo con el metro de los bienes que había perdido y que ya "no posee", mientras que los asalariados en casa de su padre los "poseen". Estas palabras se refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde al drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “RECONCILIACIÓN Y PENITENCIA” nn. 5-6:

Del hermano que estaba perdido...

El hombre -todo hombre- es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegad ay adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.

... al hermano que se quedó en casa

El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.

La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre -Dios- que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana; señala nuestra situación e indica la vía a seguir.

El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita misericordia.

Por último Juan Pablo II nos anima a sacar una conclusión importante de esta parábola:

El amor es mas grande que el pecado, que la debilidad, que la «vanidad de la creación», mas fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo prodigo [...], y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo (REDEMPTOR HOMINIS, II, 9).

2 comentarios:

carmen ruiz dijo...

para mi es una de las párabolas más lindas que mi Señor Jesucristo, tiene para mi. Me identifico con los tres personajes: El Padre porque me enseña la misericordia que debo tener con mis hijos que ya no estan en mi hogar, el arrepentimiento por seguir tras idolos falsos y dejar mi casa que es la iglesia, y el agradecimiento a un Padre nuevo que siempre está dispuesto a perdonarme

alexandra dijo...

Bueno me gusto y aparte yo tambien tengo un blog es chevere, el mio