Cuenta Marguerite Yourcenar en “Memorias de Adriano” que su antecesor Trajano sufrió una severa derrota militar en la campaña del Golfo Pérsico y que el Emperador -ya mayor- se sintió abrumado por la empresa, consciente de que no alcanzaría la India, como se había propuesto… “Gruesas lágrimas rodaron por las arrugadas mejillas del hombre a quien se creía incapaz de llorar (…) cada vez que el destino me ha dicho no, he recordado aquellas lágrimas derramadas una noche, en lejanas playas, por un anciano que quizá miraba por primera vez su vida cara a cara”.

Ser auténticos
La sinceridad hemos de vivirla antes que nada con nosotros mismos. Sólo siendo valientes en el examen de nuestra vida alcanzaremos esa virtud que consiste, como nos recuerda el Catecismo, “en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía”. (CEC nº 2468)
En “Hamlet”, W. Shakespeare pone en boca de Polonio, padre de Ofelia y Laertes, uno de los mejores consejos que puede darle: “Y, sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie”.
La sinceridad supone, en primer lugar, hacer un buen examen de conciencia. Es decir, ser sinceros con nosotros mismos, reconocer las faltas y pecados, los defectos del carácter que tienen sus raíces en la soberbia, en la avaricia, en la envidia, en la sensualidad.
Quizá lo que más detestamos en la vida es la falsedad, la hipocresía. Nos gusta lo auténtico, lo verdadero, no nos gustan las imitaciones; esto no solamente en los productos que adquirimos, que consumimos, sino que también en la relación que los demás tienen conmigo: rechazamos la mentira, lo falso. Pero al mismo tiempo nosotros debemos ir siempre con la verdad por delante, ser auténticos.
En la parábola del Hijo pródigo, el hermano que se queda en casa es ejemplo de falta de autenticidad. Al llegar a casa y enterarse de la fiesta que ha organizado su padre con motivo de la llegada de su hijo, se enfada y no quiere entrar. Es necesario que salga su padre para convencerle, y “Él contestó a su padre: “Ya ves cuántos años que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya y nunca me has dado un cabrito para festejarlo con mis amigos. Y ahora que ha llegado ese hijo tuyo, que disipó su fortuna con malas mujeres, le matas el ternero cebado” (Lc 15,29-30). No es un hombre auténtico porque no quiere reconocer los motivos que le mueven a actuar de esa manera: trabajaba pensando en su satisfacción, da la impresión de que nunca se había sincerado con su padre, estaba lleno de envidia... tampoco era sincero consigo mismo ¿sería consciente del verdadero motivo por el que hacía las cosas? y por eso, como comentaba Polonio en la obra de Shakespeare, sería falso con los demás, también con su padre.
Callar no es la solución
«Mientras callaba, desfallecían mis huesos;
estaba gimiendo todo el día,
pues día y noche tu mano pesaba sobre mí;
desapareció mi fuerza como humedad en verano.
Pero reconocí ante ti mi pecado, no te encubrí mi falta;
me dije: «Confesaré al Señor mis culpas».
Y tú perdonaste mi falta y mi pecado» (Sal 32,3–5).
Delante de Jesús todas las acciones adquieren su verdadera dimensión y el alma se llena de paz y de esperanza. En la confesión estamos delante de Jesús, que nos perdona, y por ello alcanzamos la paz siendo sinceros. La sinceridad nos lleva a no callar nada por falsa vergüenza o por soberbia. Hemos de acercarnos a este sacramento con el deseo de confesar la falta, sin querer desfigurarla, sin falsas justificaciones y sin excesivos rodeos.
En la sinceridad se manifiesta el arrepentimiento de las faltas cometidas. La sinceridad es valentía. Así lo explicaba Juan Pablo II a un grupo de jóvenes: “Tened la valentía del arrepentimiento y tened la valentía de alcanzar la gracia de Dios por la Confesión sacramental. ¡Esto os hará libres! Os dará la fuerza que necesitáis para las empresas que os esperan, en la sociedad y en la Iglesia, al servicio de los hombres” (11.IV. 1979).
El Señor nos devuelve en la Confesión todo lo que culpablemente perdimos por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de Dios. Pero no podemos darnos cuenta de la grandeza del perdón si no manifestamos la realidad de nuestra culpa. No se nos puede perdonar si no sacamos hacia fuera todo lo que tenemos dentro. La sinceridad, además de ser con nosotros mismos, lo debe ser con Dios. Callar y engañar no es la solución; ocultar y esconder tampoco lleva a nada; disimular la flaqueza no nos compensa; la solución está en la apertura del corazón.
Autoayuda para la sinceridad
Nadie puede guiarse a sí mismo, nadie es buen consejero en causa propia. Necesitamos la ayuda de alguien que nos sirva de guía en las cosas que se refieren a Dios. A él hemos de abrir nuestro corazón. Nos señala los posibles obstáculos del camino, nos sugiere metas en nuestra vida espiritual, nos despierta el alma para las cosas de Dios, y lo mejor, nos anima siempre. De nuestra parte solamente una actitud: sinceridad.
Si quisiéramos seguir un método de autoayuda para incrementar nuestra sinceridad deberíamos tener en cuenta las siguientes observaciones:
1. Confesión frecuente.
Acudir con frecuencia a la confesión es la mejor ayuda en la lucha para evitar todo tipo de pecados. Despreciarla o vivirla con indiferencia sugiere un verdadero endurecimiento para lo sobrenatural. Propónte acudir, siempre que sea posible, al mismo sacerdote y con la regularidad que él te indique. Es una gran ayuda para crecer en humildad y conocimiento propio.
2. No ocultar la realidad.
Evita la actitud del insincero que nos dibuja San Agustín: (como el que) “acudiendo a la consulta del médico para ser curado perdiera el juicio y la conciencia de a qué ha ido, y mostrase los miembros sanos y ocultase los enfermos. (...). Dios es quien debe vendar las heridas, no tú, porque si tú, por vergüenza, quieres ocultarlas con vendajes, no te curará el médico. Has de dejar que sea el médico quien te cure y vende las heridas, porque él las cubre con medicamentos. Mientras que con el vendaje del médico las llagas se curan, con el vendaje del enfermo se ocultan. ¿Y a quién las ocultas? A quien conoce todas las culpas”. (San Agustín, Coment. Sobre el salmo 31) Se podría engañar al sacerdote, pero no a Dios. Además nos estaríamos engañando a nosotros mismos.
3. Sencillez y humildad.
En los momentos de mayor dificultad y oscuridad habla confiadamente. Si se expone con sencillez la lucha interior, se sale siempre adelante. Una prudente desconfianza del juicio propio nos puede ser muy útil, la humildad nos acercará de Jesucristo.
4. Obediencia.
Si pedimos consejo a quien confiamos, sería un desatino no hacer caso de lo que nos diga. Santa Teresa de Jesús tiene mucha experiencia en todo esto: “Muchas veces me ha dicho el Señor que no deje de comunicar toda mi alma y las gracias que el Señor me hace con el confesor, y que este sea sabio, y que le obedezca” (Vida 26,3).












