domingo, 30 de septiembre de 2007

Sinceridad

Cuenta Marguerite Yourcenar en “Memorias de Adriano” que su antecesor Trajano sufrió una severa derrota militar en la campaña del Golfo Pérsico y que el Emperador -ya mayor- se sintió abrumado por la empresa, consciente de que no alcanzaría la India, como se había propuesto… “Gruesas lágrimas rodaron por las arrugadas mejillas del hombre a quien se creía incapaz de llorar (…) cada vez que el destino me ha dicho no, he recordado aquellas lágrimas derramadas una noche, en lejanas playas, por un anciano que quizá miraba por primera vez su vida cara a cara”.



Ser auténticos

La sinceridad hemos de vivirla antes que nada con nosotros mismos. Sólo siendo valientes en el examen de nuestra vida alcanzaremos esa virtud que consiste, como nos recuerda el Catecismo, “en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía”. (CEC nº 2468)

En “Hamlet”, W. Shakespeare pone en boca de Polonio, padre de Ofelia y Laertes, uno de los mejores consejos que puede darle: “Y, sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedes ser falso con nadie”.

La sinceridad supone, en primer lugar, hacer un buen examen de conciencia. Es decir, ser sinceros con nosotros mismos, reconocer las faltas y pecados, los defectos del carácter que tienen sus raíces en la soberbia, en la avaricia, en la envidia, en la sensualidad.

Quizá lo que más detestamos en la vida es la falsedad, la hipocresía. Nos gusta lo auténtico, lo verdadero, no nos gustan las imitaciones; esto no solamente en los productos que adquirimos, que consumimos, sino que también en la relación que los demás tienen conmigo: rechazamos la mentira, lo falso. Pero al mismo tiempo nosotros debemos ir siempre con la verdad por delante, ser auténticos.

En la parábola del Hijo pródigo, el hermano que se queda en casa es ejemplo de falta de autenticidad. Al llegar a casa y enterarse de la fiesta que ha organizado su padre con motivo de la llegada de su hijo, se enfada y no quiere entrar. Es necesario que salga su padre para convencerle, y “Él contestó a su padre: “Ya ves cuántos años que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya y nunca me has dado un cabrito para festejarlo con mis amigos. Y ahora que ha llegado ese hijo tuyo, que disipó su fortuna con malas mujeres, le matas el ternero cebado” (Lc 15,29-30). No es un hombre auténtico porque no quiere reconocer los motivos que le mueven a actuar de esa manera: trabajaba pensando en su satisfacción, da la impresión de que nunca se había sincerado con su padre, estaba lleno de envidia... tampoco era sincero consigo mismo ¿sería consciente del verdadero motivo por el que hacía las cosas? y por eso, como comentaba Polonio en la obra de Shakespeare, sería falso con los demás, también con su padre.

Callar no es la solución

«Mientras callaba, desfallecían mis huesos;
estaba gimiendo todo el día,
pues día y noche tu mano pesaba sobre mí;
desapareció mi fuerza como humedad en verano.
Pero reconocí ante ti mi pecado, no te encubrí mi falta;
me dije: «Confesaré al Señor mis culpas».
Y tú perdonaste mi falta y mi pecado» (Sal 32,3–5).


Delante de Jesús todas las acciones adquieren su verdadera dimensión y el alma se llena de paz y de esperanza. En la confesión estamos delante de Jesús, que nos perdona, y por ello alcanzamos la paz siendo sinceros. La sinceridad nos lleva a no callar nada por falsa vergüenza o por soberbia. Hemos de acercarnos a este sacramento con el deseo de confesar la falta, sin querer desfigurarla, sin falsas justificaciones y sin excesivos rodeos.

En la sinceridad se manifiesta el arrepentimiento de las faltas cometidas. La sinceridad es valentía. Así lo explicaba Juan Pablo II a un grupo de jóvenes: “Tened la valentía del arrepentimiento y tened la valentía de alcanzar la gracia de Dios por la Confesión sacramental. ¡Esto os hará libres! Os dará la fuerza que necesitáis para las empresas que os esperan, en la sociedad y en la Iglesia, al servicio de los hombres” (11.IV. 1979).

El Señor nos devuelve en la Confesión todo lo que culpablemente perdimos por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de Dios. Pero no podemos darnos cuenta de la grandeza del perdón si no manifestamos la realidad de nuestra culpa. No se nos puede perdonar si no sacamos hacia fuera todo lo que tenemos dentro. La sinceridad, además de ser con nosotros mismos, lo debe ser con Dios. Callar y engañar no es la solución; ocultar y esconder tampoco lleva a nada; disimular la flaqueza no nos compensa; la solución está en la apertura del corazón.

Autoayuda para la sinceridad

Nadie puede guiarse a sí mismo, nadie es buen consejero en causa propia. Necesitamos la ayuda de alguien que nos sirva de guía en las cosas que se refieren a Dios. A él hemos de abrir nuestro corazón. Nos señala los posibles obstáculos del camino, nos sugiere metas en nuestra vida espiritual, nos despierta el alma para las cosas de Dios, y lo mejor, nos anima siempre. De nuestra parte solamente una actitud: sinceridad.

Si quisiéramos seguir un método de autoayuda para incrementar nuestra sinceridad deberíamos tener en cuenta las siguientes observaciones:

1. Confesión frecuente.
Acudir con frecuencia a la confesión es la mejor ayuda en la lucha para evitar todo tipo de pecados. Despreciarla o vivirla con indiferencia sugiere un verdadero endurecimiento para lo sobrenatural. Propónte acudir, siempre que sea posible, al mismo sacerdote y con la regularidad que él te indique. Es una gran ayuda para crecer en humildad y conocimiento propio.

2. No ocultar la realidad.
Evita la actitud del insincero que nos dibuja San Agustín: (como el que) “acudiendo a la consulta del médico para ser curado perdiera el juicio y la conciencia de a qué ha ido, y mostrase los miembros sanos y ocultase los enfermos. (...). Dios es quien debe vendar las heridas, no tú, porque si tú, por vergüenza, quieres ocultarlas con vendajes, no te curará el médico. Has de dejar que sea el médico quien te cure y vende las heridas, porque él las cubre con medicamentos. Mientras que con el vendaje del médico las llagas se curan, con el vendaje del enfermo se ocultan. ¿Y a quién las ocultas? A quien conoce todas las culpas”. (San Agustín, Coment. Sobre el salmo 31) Se podría engañar al sacerdote, pero no a Dios. Además nos estaríamos engañando a nosotros mismos.

3. Sencillez y humildad.
En los momentos de mayor dificultad y oscuridad habla confiadamente. Si se expone con sencillez la lucha interior, se sale siempre adelante. Una prudente desconfianza del juicio propio nos puede ser muy útil, la humildad nos acercará de Jesucristo.

4. Obediencia.
Si pedimos consejo a quien confiamos, sería un desatino no hacer caso de lo que nos diga. Santa Teresa de Jesús tiene mucha experiencia en todo esto: “Muchas veces me ha dicho el Señor que no deje de comunicar toda mi alma y las gracias que el Señor me hace con el confesor, y que este sea sabio, y que le obedezca” (Vida 26,3).

jueves, 27 de septiembre de 2007

Belleza y liturgia


La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes. Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor. Ya en la creación, Dios se deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos (cf. Sb 13,5;Rm 1,19-20). Encontramos después en el Antiguo Testamento grandes signos del esplendor de la potencia de Dios, que se manifiesta con su gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo elegido (cf. Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23). En el Nuevo Testamento se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la revelación de Dios en Jesucristo. Él es la plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1,14; 8,54; 12,28; 17,1). Sin embargo, esta belleza no es una simple armonía de formas; «el más bello de los hombres» (Sal 45[44],33) es también, misteriosamente, quien no tiene «aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres [...], ante el cual se ocultan los rostros» (Is 53,2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual.

La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
(Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis, 35)

martes, 25 de septiembre de 2007

La Conversión

“Cuando yo era joven mi imaginación no conocía límites, soñaba con cambiar el mundo. A medida que me fui haciendo mayor descubrí que el mundo no cambiaría, acorté un poco mis planteamientos y decidí cambiar sólo mi país. Al llegar a la madurez, en un nuevo y desesperado intento me conformaba sólo con cambiar a los seres que tenía más próximos, pero tampoco eso resultó fácil.
Ahora que estoy al final de mi vida me doy cuenta de que era yo mismo quien debía cambiar, si hubiera empezado por ahí quizá no hubiera malgastado mi vida. Sólo con que hubiera empezado por cambiar yo mismo, con mi sólo ejemplo habría cambiado a los que estaban cerca de mí y entonces me habría sentido capaz de mejorar mi país y quien sabe si incluso el mundo”. (Inscripción en la tumba de un obispo del siglo XII en la Abadía de Westminster)


¿Qué es lo que hay en el hombre que le impide tener una relación más intensa con su Dios y Creador? El obstáculo –y Jesucristo lo conoce muy bien es el pecado, el mal uso del don de la libertad. El hombre que es por naturaleza, apertura, puede encerrarse. Cerrarse a Dios, cerrarse a los demás, adorarse a sí mismo, asentarse en el egoísmo de su corazón. Esta es la gran tragedia de la Historia en la que Jesucristo quiere intervenir.

Jesucristo es, sobre todo, un predicador de la conversión. El Reino de Dios está cerca y por ello hay que convertirse y creer en el Evangelio (cf. Mc 1,15) No es sólo el anunciador del Reino sino que viene a conseguirnos la gracia para entrar en ese Reino, el hombre puede y debe cambiar.

En la parábola del hijo pródigo, hay un momento en el que se vislumbra ese cambio del que habla Jesús: “Recapacitó” (Lc 15,17) Recapacitar es volver en sí, volver a pensar y en nuestro caso, recordar lo que había perdido, el amor a su padre, y por eso se propone: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Se levantó y fue hacia su padre” (Lc 15, 18-20). Se había convertido.

Se puede cambiar

“Convertirse –dice Juan Pablo II- quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día”.

Lo que más impresiona del planteamiento de Jesús es que no solamente invita a cambiar, sino que el hombre puede cambiar. En nuestra vida hay momentos en los que nos ilusiona el poder cambiar cosas de nuestra existencia: cambiar de casa, de coche, de lugar de veraneo; pero no siempre se puede conseguir. Sin embargo, nosotros tenemos la capacidad de recibir el don de Dios. Podemos evolucionar, cambiar. Podemos convertirnos en el hombre nuevo, y esa es una de nuestras grandezas. Esa conversión comienza con un “recapacitar”, buscar de nuevo el perdón al que Jesucristo nos anima.

Conversión significa salir de la propia suficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia ante Dios, es reconocer la necesidad de su perdón, de su amistad. La vida no convertida es autojustificación (yo no soy peor de los demás); la conversión es la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se vuelve medida y criterio de mi propia vida.

“Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados”. (CEC nº 545) La invitación de Jesucristo para que cambiemos es una prueba de amor que no podemos desperdiciar Podemos cambiar porque Dios es bueno y su misericordia es eterna.


Conversión: volver a empezar siempre

¿La conversión es pasajera?, ¿dura sólo un tiempo?, ¿qué pasa con mis desánimos?
El Papa Benedicto XVI nos puede dar una pista:

“Ciertamente, la conversión fundamental es un acto que es para siempre. Pero la realización de la conversión es un acto de vida, que se realiza con paciencia toda la vida. Es un acto en el que no podemos perder la confianza y la valentía del cambio. Precisamente debemos reconocer esto: no podemos hacer de nosotros mismos cristianos perfectos de un momento a otro. Sin embargo, vale la pena ir adelante, ser fieles a la opción fundamental, por decirlo así, y luego continuar con perseverancia en un camino de conversión que a veces se hace difícil. En efecto, puede suceder que venga el desánimo, por lo cual se quiera dejar todo y permanecer en un estado de crisis. No hay que abatirse enseguida, sino que, con valentía, comenzar de nuevo.
(22.II.07)

La conversión puede darse. No podemos perder ni la confianza ni la valentía. La vida del hombre es riesgo, opción, apuesta; no podemos abandonar tras la primera dificultad o en los primeros brotes de cierta debilidad. La conversión es tarea de toda una vida. En esa tarea, Dios nuestro Señor está siempre presente con su ayuda y su disponibilidad. Es un Dios que tiene corazón; más aún, tiene un corazón de carne. Se hizo de carne para poder entendernos mejor, y para poder despertar en nosotros las ansias de conversión, de amor hacia los demás a fin de que ellos también vuelvan su vida hacia Dios.

Lo que hay que romper, se rompe

El cambio empieza en el corazón, con el firme propósito de romper con aquello que nos separa o nos aleja de Dios: nuestros pequeños ídolos, malas amistades, pereza consentida en nuestro trabajo, críticas llenas de ironía... Y junto a todo esto la convicción de que la ayuda por parte de Dios no nos va a faltar.

“Hay que estar persuadidos de que Dios nos oye, de que está pendiente de nosotros: así se llenará de paz nuestro corazón. Pero vivir con Dios es indudablemente correr un riesgo, porque el Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a Él quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra”. (San Josemaría. Es Cristo que pasa n. 58)

El cambio que Jesús anuncia y pide ha de cambiar al hombre entero. Lo que se pide es una verdadera revolución interior que, luego, se plasme en la vida concreta de cada uno. Es un dirigir el alma en otra dirección. Por eso toda conversión implica ruptura con lo que se es, guerra contra nuestro propio pasado: una nueva disponibilidad para las exigencias de Jesús.

Concretar la propia conversión

El Catecismo nos lo enseña: “La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención de los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y el derecho (Am 5, 24; Is 1,17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cfr Lc, 9,23)”. (CEC 1435)

Cada uno debe pensar que estos gestos no sólo ayudan a la conversión sino que apuntalan nuestra conversión diaria. Si el cambio se inicia en el corazón, la manifestación externa debe aparecer en nuestra vida con la frecuencia debida: amor a los demás, trabajo intenso y solidario, orientación de la vida hacia Dios, celebración de la fe.

Pidamos, con la Iglesia, la gracia de un cambio radical de nuestra vida: cambiar del hombre viejo al hombre nuevo:

Señor Dios nuestro,
cuyo amor sin medida nos enriquece
con toda bendición,
haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo,
nos preparemos, como hombres nuevos,
a tomar parte en la gloria de tu reino.
(Oración Colecta. Lunes de la V semana de Cuaresma).

domingo, 23 de septiembre de 2007

Arrodillarse

Siguiendo con las ideas de Ratzinger en "El espíritu de la Liturgia" regogemos esta reflexión sobre el gesto de arrodillarse:


Nos arrodillamos ante la humildad y la potencia de Cristo, que ha muerto por nosotros. El acto de arrodillarse es expresión de la cultura cristiana que transforma la cultura existente a partir de una nueva y más profunda experiencia de Dios.
Hay tres posturas muy relacionadas: Postración; caer a los pies; arrodillarse.
A la vez que manifiesta que estamos necesitados, por nuestra miseria. Se trata de gestos exteriores que son manifestación necesaria de un gesto interior: la adoración. La adoración es uno de esos actos que afecta al hombre entero, por eso doblar las rodillas ante el Dios vivo es un acto irrenunciable.
Arrodillarse no es sólo un gesto cristiano, es un gesto cristológico (Lc 22,41: puesto de rodillas oraba), es el gesto humilde que nos enseña Cristo, con el cual nosotros caemos a los pies del Señor. Este gesto de humildad nos coloca en el verdadero camino de la vida, en armonía con el cosmos.
Quien aprende a creer, aprende a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conozcan el acto de arrodillarse están enfermas en un punto central.

jueves, 20 de septiembre de 2007

9 ideas para vivir la misa


Viviendo todavía en Gijón publiqué mi segunda obra. No es éste un libro para "seguir la Misa", sino más bien para meditar sobre ella. Lo que se recoge en estas páginas son algunas explicaciones de las distintas partes de la celebración eucarística y sugerencias para participar mejor en ella. La Santa Misa es el acontecimiento más importante que cada día sucede en el mundo, por eso conviene seguirla con mucha atención, pero, a veces, podemos tener la sensación de "perdernos" un poco. En las páginas que siguen podrás encontrar ideas para entenderla mejor, una "guía" sencilla para ayudarte a vivirla más intensamente.


Siendo entonces obispo auxiliar de Oviedo, Mons. Atilano Rodríguez tuvo la amabilidad de escribir estas palabar a modo de Presentación:

En la Eucaristía la Iglesia entera celebra el misterio de nuestra salvación. En este sacramento —dice Juan Pablo II— el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina. Así, cada cristiano, como miembro de la Iglesia, puede encontrarse directa y personalmente con su Dios y Redentor participando del misterio salvífico. Por ello, la Sagrada Eucaristía no es un medio más entre los varios que facilitan al cristiano la progresiva identificación con Jesucristo y la unión de amor con la Trinidad. Es, realmente, el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano.

Consciente de esto, la Iglesia, "procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios y aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la Hostia inmaculada" (Sacrosanctum Concilium, n. 48). Obras sencillas y clarificadoras como ésta de 9 Ideas para vivir la misa pueden ser una ayuda eficaz para todos aquellos que aspiren a recorrer el camino de progresiva unión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

+ ATILANO RODRIGUEZ

martes, 18 de septiembre de 2007

Examen de conciencia

Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. Este se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia. El tonto, en cambio, no se sospecha a sí mismo: se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se instala en su propia torpeza. ORTEGA Y GASSET


El “hijo pródigo”, cuando estaba en el momento más crítico, pasando hambre y con un trabajo humillante “deseaba llenar su estomago de las algarrobas que comían los puercos, y no le era dado. Volviendo en sí -es decir, reflexionando sobre el estado al que habla llegado-, dijo: Cuantos jornaleros [...]! Me levantare e iré a mi padre y le dire: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti..." (Lc 15, 17-19). Vamos a detenernos ahora en ese “volver en sí” que es dirigir la mirada hacia nuestro interior, buscando la verdad de nuestra vida tal como la ve Dios, porque eso es el examen de conciencia.

“Avanzad siempre, hermanos míos dice San Agustín examinaos cada día sinceramente, sin vanagloria, sin autocomplacencia, porque nadie hay dentro de ti que te obligue a sonrojarte o a jactarte. Examínate y no te contentes con lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque en cuanto te complaces de ti mismo, allí te detuviste. Si dices ¡basta!, estás perdido” (Sermón 169).


Para facilitar ese examen puede ayudarnos a veces seguir un guión, aunque no es imprescindible. Por si ayuda, proponemos estas preguntas basadas en los mandamientos de la Ley de Dios que recoge el capítulo 20 (2-17) del libro del Éxodo:

“Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí”.

¿Cómo es mi relación del Dios? ¿Dedico tiempo a la oración y a la adoración? ¿Cuido mi vida interior? ¿Frecuento los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía? ¿Me he acercado indignamente a recibir algún sacramento? ¿Vivo las consecuencias del bautismo como la llamada a la santidad y al apostolado? ¿Trato a Jesús como mi Maestro? ¿Invoco al Espíritu Santo? ¿Confío plenamente en la misericordia de Dios Padre? ¿He practicado la superstición, las ciencias ocultas o el espiritismo? ¿Pongo otras cosas por delante de Dios en mi vida? ¿Hago con desgana las cosas que se refieren a Dios?

“No tomarás en falso el nombre del Señor, tu Dios”

¿Cómo hablo de Dios? ¿Manifiesto siempre respeto hacia lo sagrado? ¿He blasfemado? ¿He jurado sin necesidad o sin verdad? ¿Busco en mi vida, ante todo, la voluntad de Dios? ¿Tengo puesta en El mi esperanza? ¿Amo a la Iglesia? ¿He puesto en duda o negado las verdades de la fe que la Iglesia nos enseña?

“Recuerda el día del Señor para santificarlo”

¿Hay para mí realmente un “día del Señor”? ¿He santificado las fiestas procurado intensificar la oración y pensar en los demás esmerándome en vivir la caridad? ¿He participado en la Eucaristía los domingos o días festivos? ¿Me uno a la alabanza y acción de gracias de la Iglesia? ¿He cumplido los días de ayuno y abstinencia?

“Honra a tu padre y a tu madre”

¿Manifiesto respeto y cariño a mis padres y familiares? ¿Procuro ayudarles en sus necesidades? ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad con los más cercanos o en la vida de familia? ¿He dado mal ejemplo a las personas que me rodean? ¿Les corrijo con enfado o injustamente? ¿Me he preocupado de la formación religiosa y moral de las personas que dependen de mí o están cerca de mí? ¿Soy consciente de que el cristiano puede y debe influir en la construcción de un mundo mejor, donde predomine el amor, el respeto y el perdón? ¿Me opongo a toda acción social o política que vaya en contra de la Ley de Dios?

(En el matrimonio)
¿Vivo las enseñanzas de la Iglesia sobre la paternidad responsable? ¿He fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle, contradecirle o discutirle delante de los hijos? ¿Me quejo delante de otros de la carga que suponen las obligaciones familiares o domésticas? ¿Busco siempre lo que une a la familia? ¿Me preocupo habitualmente de la formación cristiana de los hijos, sin delegar en otros esta obligación grave?

“No matarás”

¿Soy consciente de que nuestra cultura no está enraizada en el respeto absoluto a la vida? ¿He sido cómplice con mis palabras, mis actos o mis silencios con esta “cultura de la muerte” que denunció Juan Pablo II? ¿Estoy verdaderamente empeñado en defender la vida? ¿He sido imprudente en la conducción de vehículos? ¿Me he embriagado, bebido con exceso o tomado drogas? ¿Cuido de mi salud corporal? ¿Se puede decir de mí que soy “sembrador de paz y de alegría”? ¿Tengo enemistad, odio o rencor contra alguien? ¿Evito que las diferencias políticas o profesionales degeneren en indisposición, malquerencia u odio hacia las personas? ¿He hecho daño a otros de palabra o de obra? ¿He podido ser causa de que otros pecasen por mi conversación, mi modo de vestir, mi asistencia a algún espectáculo o con el préstamo de algún libro o revista inconvenientes? ¿He tratado de reparar el escándalo?


“No cometerás adulterio”

¿Procuro que mis miradas, mis palabras y mis actos sean reflejo la pureza se Cristo, sea cual sea mi estado y condición de vida? ¿He aceptado deseos o miradas impuras? ¿Procuro dominar mi curiosidad en Internet o en noticias o asuntos frívolos? ¿He realizado actos contrarios a la castidad? ¿Con otras personas? Antes de asistir a un espectáculo, de ver una película o de leer un libro, ¿me entero de su calificación moral?

(En el matrimonio)
¿He vivido la fidelidad debida a mi cónyuge? ¿Vivo la sexualidad con una actitud generosa y abierta a la vida, o por el contrario, supone una práctica contraria al verdadero amor conyugal (egoísmo, contracepción, etc.)? ¿Procuro que las relaciones conyugales sean verdadera expresión de un amor que es donación y generosidad? ¿Acepto y vivo conforme a la doctrina de la Iglesia en esta materia?

“No robarás”

¿Vivo la honradez siempre, aunque resulte costosa? ¿Procuro hacer buen uso de los bienes materiales, pensando también en aquellos que carecen de lo necesario? ¿He acumulado bienes de modo egoísta? ¿He malgastado dinero por lujo o capricho? ¿He tomado dinero o cosas que no son mías? ¿En su caso, he restituido o reparado con prontitud? ¿He engañado a otros cobrando más de lo debido? ¿Hasta dónde llega mi generosidad a la hora de dar? ¿Soy ejemplar en mi trabajo? ¿Utilizo cosas de la empresa en provecho propio o faltando a la justicia? ¿Estoy dispuesto a sufrir una merma en mi reputación profesional antes de cometer o cooperar formalmente en una injusticia? ¿Me opongo con los medios a mi alcance a las injusticias?

“No darás testimonio falso contra tu prójimo ni mentirás”

¿Soy sensible a la fuerza y la belleza de la verdad? ¿He mentido, consciente de que es no decir la verdad a aquél que tiene derecho a conocerla? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿He descubierto, sin causa justa, defectos graves de otras personas? ¿He respetado el honor de los demás? ¿He hablado o pensado mal de otros? ¿He calumniado? ¿He consentido que otros lo hagan en mi presencia?


“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, (…) ni nada que sea de tu prójimo”

¿Me examino de los actos interiores: pensamientos, deseos, imaginación, etc.? ¿Soy consciente de que “el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mt 5, 28)? ¿Tengo pensamientos de envidia hacia los demás, entristeciéndome por sus éxitos? ¿Recuerdo las enseñanzas de Jesús, que tanto valora la rectitud interior: “del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraude, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez (Mt 7, 21-22)?

También nos puede ayudar a hacer examen pensar en lo que la tradición conoce como los pecados capitales. Son llamados capitales porque generan otros pecados. Entre ellos soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1866).

La Sagrada Escritura recuerda también que existen “pecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel (cf. Gen 4,10); el pecado de los Sodomitas (cf. Gen 18,20); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cf. Ex 3,7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cf. Ex 22,20-22); la injusticia para con el asalariado (cf. Dt 24,14-15) (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1867).

lunes, 17 de septiembre de 2007

La participación activa en la Liturgia

El Cardenal Ratzinger escribió una “Introducción al espíritu de la Liturgia” partiendo de las ideas que podemos leer en el punto 1069 del Catecismo de la Iglesia Católica. La palabra "Liturgia" significa originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte de y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en "la obra de Dios" (Cf. Jn 17, 4). Por la liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención.

El Concilio lo dice explícitamente: "Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos". (Sacrosanctum Concilium, 48)


La participación activa no se refiere a una participación externa o a un hacer en común una acción principal. La verdadera acción litúrgica es la oración, la oración propia de cada fiel para que ese sacrificio que ofrece Cristo por medio de su ministro, sea también el propio sacrificio, para que nosotros mismos vengamos transformados en Cristo, convirtiéndonos así en verdadero Cuerpo de Cristo. Es una sola acción, al mismo tiempo la de Cristo y la nuestra.
Pero el cuerpo también tiene su función: entrenarse para acoger a Dios y dejarse plasmar y usar de Él. Los gestos aunque varíen en las diferentes culturas, en su forma esencial son parte de la cultura de la fe.

El signo de la Cruz

Es y será el signo fundamental de la oración del cristiano. Es una profesión de fe mediante el cuerpo.
El persignarse es un sí visible y público a Aquel que ha sufrido y resucitado por nosotros. Una profesión de fe que es una profesión de esperanza al mismo tiempo. La tomamos como una señal que nos indica el camino que debemos seguir, porque es seguir a Cristo.
Cada vez que hacemos el signo de la Cruz, renovamos nuestro Bautismo, Bautismo que nos ha hecho contemporáneos a la Pasión y Resurrección de Cristo.
El gesto de bendecir con el signo de la Cruz, es una plena y benévola expresión del sacerdocio universal de los fieles, que quizás debería volver a formar parte de su vida cotidiana.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Pecado y dolor

Un doble crimen ha cometido mi pueblo: me dejaron a mí, Manantial de aguas vivas, para ir a excavar cisternas agrietadas, que no pueden retener el agua. (Jeremías, 2, 13)


El hijo pródigo “partió a un país lejano” y pronto comenzó a sentir necesidad. “El país lejano es el olvido de Dios” dice San Agustín. Aquí está en nudo del drama. ¿Sería consciente del problema o seguiría echando la culpa a los demás? Sólo cuando reconozca la culpa empezará a poner verdadera solución a sus problemas.

El pecado es la mayor tragedia que puede suceder a un cristiano. Como decía Ratzinger, éste es una de los temas silenciados de nuestro tiempo. Pero la Sagrada Escritura que es la historia de la Redención y una constante llamada a la conversión sin él es como una sinfonía en la que falta el tema principal. Como afirmó Pío XII “el pecado de nuestro tiempo es la pérdida del sentido del pecado”.


El pecado como destrucción de la obra de Dios

Leemos en el segundo libro de los Reyes como Nabucodonosor al atacar Jerusalén entró en el Templo y lo arrasó: “Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios (...) se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad” (2 Re 25, 10-12). Es difícil encontrar en el Antiguo Testamento, una escena más desoladora: el Templo de Salomón en llamas, el Sancta Sanctorum violado y el Arca de la Alianza hecha añicos, los altares de Yahweh destruidos... Todo quedó saqueado, incendiado, profanado… Los judíos arrojados y hechos esclavos en un país extranjero, obligados a vivir en medio de un pueblo pagano... De este modo gráfico quiso Dios mostrarnos el horror del pecado...

Quisiera ahora con san Pablo “iluminar los ojos de vuestro corazón” (Ef 1,18). Porque si abriéramos estos ojos, veríamos cómo el alma es el templo de Dios, y cómo la Santísima Trinidad la ha distinguido con su presencia. Nada de este mundo nos parecería más valioso que una sola alma en gracia. Veríamos cómo la gracia nos instala en nuestra Tierra, y nuestra Tierra es la Iglesia, antesala del Cielo y Cuerpo de Cristo. Nada nos parecería más deseable que vivir y morir en gracia. Por eso, ¡si abriéramos los ojos del corazón! veríamos, también, cómo un solo pecado venial -una mentira, una desobediencia...- abre la puerta a un emisario de Lucifer que asesta un hachazo sobre los preciosos altares del alma... Y quizá llorásemos. Y veríamos, así mismo, el horror del pecado mortal: una legión de demonios prendiendo fuego al Templo, pisoteando con sus zarpas la imagen de Dios esculpida en el alma para llevarlo, bien aherrojado con cadenas al cuello, como esclavo al reino de las tinieblas. Ningún horror nos parecería tan terrible como un pecado mortal.

El pecado como esclavitud

San Pablo describe muy bien el drama del pecado cuando afirma: “Realmente no entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco (…) ¡No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero!” (Rom 7, 14 ss.). Efectivamente, por el pecado original, “la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada "concupiscencia")” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 418).

Pero, al igual que aquellos israelitas al ser deportados entendieron que su única esperanza era la nostalgia y la penitencia, asimismo el alma sabe que mientras llore y añore su Jerusalén, mientras abrigue en su corazón la esperanza del regreso se salvará. Pero si, un día aciago se olvidase de su tierra; si llegara a sentirse a gusto en la gran Babilonia y ya no recordase que era extranjera; si conviviera y emparentase con la nación pagana y plantara allí su tienda... Entonces jamás volverá. Esta nostalgia salvadora es el parte esencial del dolor de los pecados.


El dolor de los pecados

Es entonces cuando toma la decisión: "Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros". Palabras, éstas, que revelan más a fondo el problema central. A través de la compleja situación material, en que el hijo pródigo había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado, había ido madurando el sentido de la dignidad perdida. (Juan Pablo II, “DIVES IN MISERICORDIA” n. 5).

La contemplación de la Pasión del Señor

A diferencia de los israelitas, los cristianos tenemos un tesoro, el cual una vez contemplado nos resulta imposible de olvidarse de él: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y es que quienes pecan mortalmente “crucifican de nuevo por sí mismos al Hijo de Dios” (Heb 6,6). Por eso, te animo a contemplar y meditar con frecuencia los textos de la Pasión. Toma un crucifijo entre tus manos y lee muy despacio: “Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes” (cfr. Is 52,13-53,12).

Ahora vuelve a mirar despacio el crucifijo, sí, mírale despacio, no tengas miedo. Es una escena sobrecogedora ¿verdad? Contempla con profundo agradecimiento este misterio de Amor y sufrimiento. Ese hombre que ves clavado –no apartes la mirada-, desgarrado y vencido, jamás ha pecado y ni siquiera una sombra de impureza albergó nunca su corazón: es el Hijo de Dios Vivo, es la Santidad encarnada, es la Pureza y la Hermosura misma, es la Bondad personificada… Sigue mirando, no tengas miedo, mira ahora su rostro ensangrentado y lleno de salivazos, y todo su cuerpo rasgado por los golpes del látigo, y sus rodillas abrasadas por las caídas del camino… Y ¿sabes el por qué de todo esto? Por tus pecados y los míos, que están siendo purificados en la Sangre del Cordero inocente.

Él, desde la Cruz con los brazos abiertos en gesto de Sumo y Eterno Sacerdote, está ofreciendo la víctima (¡Él mismo!) por nosotros, para que seamos absueltos de la condena merecida por nuestros pecados: “Nuestro castigo saludable cayó sobre Él; sus heridas nos curaron”.

El dolor de Amor

Las almas nobles al advertir que han pecado, saben llorar su traición y añoran la gracia que les vuelva a la vida. Los pecadores que aman al Señor, no mueren porque su corazón enamorado y muchas veces bañado en lágrimas le llevarán al sacramento del Perdón. Pero si un alma, tras pecar, se instala en esa ciénaga y no percibe la repugnancia de su falta; y termina por decir: "esto, para mí, no es pecado" y olvida la Ley de Dios: si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros (1 Jn 1,8), y entierra la memoria de su Señor Crucificado, entregándose sin remordimiento a sus caídas… Esa alma no necesita condenarse, porque ya está condenada.

¡Oh! Madre Santa, ¡Refugio de los pecadores! ¡Líbranos siempre de este mal y alcánzanos el dolor de Amor por nuestros pecados!

sábado, 15 de septiembre de 2007

Motivos para confesarse

“Cuando la gente me pregunta ¿Por qué te uniste a la Iglesia de Roma?, la primera respuesta esencial, aunque sea en parte incompleta es: “para librarme de mis pecados”. Porque no hay ningún otro sistema religioso que declare verdaderamente que libra a la gente de los pecados. (…) El sacramento de la penitencia da una vida nueva, y reconcilia al hombre con todo lo que vive: pero no como lo hacen los optimistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don viene dado a un precio y condicionado a la confesión. He encontrado una religión que osa descender conmigo a las profundidades de mí mismo”. (CHESTERTON)


El cristianismo es la religión de la esperanza. Creemos que nuestra vida acabará bien, y que la historia acabará bien. Por eso, en el credo afirmamos: “Creo en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. Sin embargo, muchos cristianos, bien por tener debilitadas estas convicciones o por no creer en la Iglesia, dicen: pero ¿Por qué tengo que confesar mis pecados a un sacerdote? ¿Acaso no puede perdonármelos Dios directamente? Muchos se hacen estas preguntas y no encuentran suficientes motivos para acercarse al sacramento de la Penitencia. Trataremos de dar aquí algunas razones por las que tenemos que confesarnos



- En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Jn 20, 22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a cada uno de nosotros. Por tanto, cuando quieres que Dios te borre los pecados, sabes a quien acudir, sabes quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

- Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confesaos mutuamente vuestros pecados" (Sant 5, 16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

- Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el sacerdote -que no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confiesas, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

- Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también daña a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

- El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

- Necesitamos vivir en estado de gracia, de amistad con Dios.¿Qué es la gracia? Es el don de Dios, un desbordarse del amor de Dios en nosotros, es el abrirse de Dios a los hombres. Es una luz que ilumina, una fuerza que impulsa al hombre y le atrae hacia Dios. La gracia no es una “cosa” sino que es Dios mismo en cuanto que se comunica a nosotros por Jesucristo y en el Espíritu Santo, es la amistad con Dios. La gracia es “Dios para nosotros” mediante la noche de Belén, la Cruz en el Calvario, Resurrección, el perdón de los pecados, la Eucaristía, Pentecostés, etc. La gracia es un don al que debemos abrirnos y corresponder, porque “ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, « no podemos hacer nada » (cf. Jn 15,5). Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar tristemente nuestra vida alejados de Dios.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en "fuera de juego": no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11, 27-28). Comulgar en pecado mortal es un grave pecado de sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

- Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar. Este es el gran mensaje de esperanza que me trae Jesucristo: ¡Mi vida puede cambiar!

- La confesión es vital en la lucha para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.

Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

- Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella. No podemos “huir” de nuestro pasado: son hechos que constituyen nuestra propia vida. Sólo la fe en Jesucristo nos abre la puerta a una vida nueva.

- Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda en la difícil tarea de a conocerse y entenderse a uno mismo.

- Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

- Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

- Todos necesitamos perspectiva. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad. Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otro sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

- Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo. Además necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.

- Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas… Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden. También necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.

viernes, 7 de septiembre de 2007

¿En qué estaba pensando Dios?

Molly Bowman estudia en la Universidad de Berkeley. Hace unos meses, su madre falleció a los 49 años. Para la joven, fue un golpe que puso a prueba su fe. "¿En qué estaba pensando Dios?", se pregunta en este vídeo



duración: 4 min.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La Parábola del hijo pródigo

Un día, Jesús, ante las murmuraciones de los escribas y fariseos, que criticaban su trato con “publicanos y pecadores”, contó una parábola, una de esas historias inventadas, de las que se valía para explicar, por comparación, una verdad importante o una enseñanza moral.

Pocos textos nos ayudarán tanto a entender la Penitencia como esta “Parábola del hijo pródigo”. Es como un resumen perfecto de la doctrina del Señor. Es como un evangelio en miniatura, donde encontramos una síntesis del mensaje que Jesucristo quiere transmitirnos a todos los hombres: que el pecado es lo peor que nos puede ocurrir, que hemos de tener la valentía de reconocerlo y arrepentirnos, que Dios es un padre bueno siempre dispuesto a perdonarnos.



El hijo pródigo (Lc 15, 11- 32)

Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo disolutamente.

Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre.

Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."»


Podemos imaginar con todo su dramatismo, la dolorosa partida de este hijo que no está dispuesto a razonar. Aquel Padre vería alejarse por el camino, con los ojos nublados por las lágrimas, a su querido hijo. Quizá hasta el último momento le gritó suplicante: ¡No lo hagas!... ¡Vuelve! Dice SAN AGUSTÍN en Las Confesiones “¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! (…) me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste…”

7 puntos de reflexión (CATECISMO DE LA IGLESIA n. 1439)

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en esta parábola, cuyo centro es "el Padre misericordioso":

1. la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna;
2. la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna;
3. la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos;
4. la reflexión sobre los bienes perdidos;
5. el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno;
6. la acogida generosa del padre;
7. la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

Comentarios de Juan Pablo II

Juan Pablo II, comentó en distintas ocasiones esta parábola de la misericordia divina. Dice entre otras cosas:

Encíclica “DIVES IN MISERICORDIA” n. 5:

Aquel hijo, que recibe del padre la parte de patrimonio que le corresponde y abandona la casa para malgastarla en un país lejano, "viviendo disolutamente", es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. La analogía en este punto es muy amplia. La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado (…)

La analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le había hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en ello anteriormente (…) El se mide a sí mismo con el metro de los bienes que había perdido y que ya "no posee", mientras que los asalariados en casa de su padre los "poseen". Estas palabras se refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde al drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “RECONCILIACIÓN Y PENITENCIA” nn. 5-6:

Del hermano que estaba perdido...

El hombre -todo hombre- es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegad ay adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.

... al hermano que se quedó en casa

El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.

La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre -Dios- que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana; señala nuestra situación e indica la vía a seguir.

El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita misericordia.

Por último Juan Pablo II nos anima a sacar una conclusión importante de esta parábola:

El amor es mas grande que el pecado, que la debilidad, que la «vanidad de la creación», mas fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo prodigo [...], y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo (REDEMPTOR HOMINIS, II, 9).

martes, 4 de septiembre de 2007

hablar con el Padre

Jesucristo nos enseñó a tratar a Dios como Padre. Hemos de sentirnos como un niño en brazos de su padre, como un pequeño que siente la seguridad de un amor todopoderoso. Todos tenemos esa imagen en la cabeza y nos puede ser muy útil también en el momento de orar.


PALABRAS DIRIGIDAS A DIOS PADRE:

“ved cómo habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día, y perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal”
(Mt 6, 9-13)


¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti. (SAN AGUSTÍN, Confesiones)


Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no me rinda ante el desaliento y deje de buscarte. Que yo ansíe siempre ver tu rostro. Dame fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara y me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi firmeza y mi debilidad: conserva la primera y sana la segunda (...) Haz que me acuerde de Ti, que te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta que mi conversión sea completa. (SAN AGUSTÍN, De Trinitate)

Dios mío, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora. (Oración de la BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD).

Señor y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de Ti.
Señor y Dios mío, dame todo lo que me acerca a Ti.
Señor y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a Ti. (SAN NICOLÁS DE FLÜE)

Padre mío —¡trátale así, con confianza!—, que estás en los Cielos, mírame con compasivo Amor, y haz que te corresponda.
—Derrite y enciende mi corazón de bronce, quema y purifica mi carne inmortificada, llena mi entendimiento de luces sobrenaturales, haz que mi lengua sea pregonera del Amor y de la Gloria de Cristo. (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Forja, n. 3)

Todo lo refiero a Ti, Dios mío. Sin Ti —que eres mi Padre—, ¿qué sería de mí? (Forja, n. 229)

Señor, Tú eres el que eres. Yo soy la negación. Tú tienes todas las perfecciones: el poder, la fortaleza, el amor, la gloria, la sabiduría, el imperio, la dignidad... Si yo me uno a Ti, como un hijo cuando se pone en los brazos fuertes de su padre o en el regazo maravilloso de su madre, sentiré el calor de tu divinidad, sentiré las luces de tu sabiduría, sentiré correr por mi sangre tu fortaleza. (Forja, n. 342)

¡Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas! Amén. Amén. (Forja, n. 769)

Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. ((SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Vía Crucis, VII, 3)

sábado, 1 de septiembre de 2007

Humildad

El estupendo libro (ya en su 9ª edición) "Para ser cristiano" de Juan Luis Lorda, ofrece interesantes meditaciones agrupadas en dos partes: una primera titulada "Virtudes" y una segunda centrada en los sacramentos titulada "Misterios".
Reproducimos parte del capítulo dedicado a la Humildad, a propósito del evangelio de este Domingo XXII del Tiempo ordinario.


 
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Esta vez es San Marcos quien nos ha conservado una escena encantadora de Cristo con sus discípulos: «Llegaron a Cafarnaum y una vez en casa les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor» (Mc 10, 33—34). Llevaban ya un cierto tiempo con el Señor; habían visto sus milagros; habían escuchado sus palabras; y, sin embargo, surge entre ellos esa discusión. Seguramente, alguno habría dado a entender que él tenía derechos para estar por encima de los demás, y los otros, ofendidos, se lo habrían discutido. Entonces, el Señor quiso darles una lección, y les puso como ejemplo a un niño: «Yo os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3—4).
¡Qué bien comprendemos lo que sucedía a aquellos apóstoles! ¡Qué humana es la ambición y el egoísmo! Y siempre llevan el mismo acompañamiento: desuniones, riñas, rencores... Como sentencia el libro de los Proverbios (13, 10): «la soberbia sólo ocasiona disputas».
La soberbia es el origen de casi todos los males humanos. Es el vicio que más daña a cada persona y a la sociedad. Consiste en el amor desordenado de uno mismo, o, como expresa Santo Tomás de Aquino, en «el apetito desordenado de la propia excelencia» (S. Th, 2—2, q. 162, a. 2, c.): es la afición a lo propio, sin medida.
Es un amor desordenado y desmedido, porque uno acaba amándose a sí mismo más de lo que merece, y se tiene por mejor y más digno de consideración de lo que realmente es. Por eso, en el origen de la soberbia —en su núcleo— hay un error, una falsa medida, una mentira sobre sí mismo con la que cada uno se engaña; y que, por su propia naturaleza, crece, ofuscando el entendimiento.
Todos tendemos a considerar con detenimiento nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos. Si no estamos atentos, la imagen que de nosotros nos hacemos se embellece injustamente y nos vamos encontrando cada vez más dignos de nuestro propio amor. Apreciamos siempre más, y nos enorgullecemos de nuestras cualidades físicas, de nuestra inteligencia, de nuestros conocimientos, de nuestras acciones, de nuestra experiencia, de los servicios que hemos prestado..., incluso de nuestra piedad. A medida que nos aficionamos a pensar en nosotros y en lo que hacemos, nuestras cualidades se agigantan, mientras se olvidan las miserias y limitaciones que las acompañan. Quien ha prestado un servicio, acaba olvidando, quizás, las imperfecciones con que lo ofreció. Y quien se siente muy inteligente, tiende a disculpar —e incluso a desconocer— sus errores teóricos y sus lagunas.
De este modo, crece la estima que cada uno tiene de sí. El vicio de destacar lo bueno y desconocer lo malo —el engaño sobre sí mismo— llega a ser tan fuerte que se puede acabar perdiendo finalmente toda capacidad crítica y caer en el ridículo. En la sociedad humana, siempre resulta algo grotesca la persona que resulta demasiado pagada de sí misma, y que presume ostensiblemente de su altura, de la belleza de sus ojos, del precio de su abrigo, de su ciencia... Los humanos toleramos mal la vanidad del vecino y tendemos a escarnecerla.

Quien siente gran estima de sí tiende a que los demás la compartan. No se conforma con contemplarse y autocomplacerse, sino que desea que también los demás rindan tributo a su perfección. De aquí surge la vanidad, ese afán ridículo de mostrar lo que cada uno considera valioso de sí. El vanidoso se deja llevar por el deseo de distinguirse en lo que sea y, a veces, llega incluso hasta la hipocresía; es decir, hasta el fingimiento, dando a entender que es más rico, más sabio, más hábil o mejor deportista de lo que realmente es. El artificio es tan eficaz que, al final, el mismo hipócrita encuentra dificultad en distinguir lo que es real de lo que ha inventado.
El amor propio inclina a centrar la vida sobre uno mismo y, cuando menos, es fuente permanente de desatenciones para con los demás. El que es soberbio no se acuerda de que existen los demás, porque está centrado en sus cosas; consume todas sus energías en satisfacer sus ambiciones o sus caprichos, y esto hace del soberbio —del egoísta— un ser antisocial (…)

El humilde reconoce lo que hay de bueno, pero también lo que hay de malo, valorando con verdad lo uno y lo otro. Sabe que en su vida hay cualidades y dones, pero los agradece a Dios; experimenta íntimamente la verdad de estas palabras de San Pablo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7). Y ser consciente de los dones de Dios —de los talentos recibidos— lleva a no vanagloriarse de ellos, sino a sentir la responsabilidad de darles fruto. De esta manera, los santos son conscientes de poseer muchos y grandes dones de Dios, pero no constituye un motivo de soberbia, porque no caen en el error de apropiárselos, sino que los agradecen a Dios; y su humildad les lleva a pensar que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido (...)

Esto da facilidad al humilde para el trato social y, en lugar de ser un permanente foco de discordia, como sucede con el soberbio, es fuente de serenidad, de comprensión y de paz. «Nada hagáis por rivalidad ni por vanagloria —recomienda San Pablo—, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés, sino el de los demás» (Flp 2, 3—4).
Es propio de la humildad saber escuchar, no intentar imponer la propia opinión; ser flexible para rectificar cuando se aprecia que se ha cometido un error y no extrañarse de cometerlos, ni, con mayor razón, de que otros los cometan. La humildad tiende a comprender y a disculpar los defectos de los demás y a reconocer sencillamente los propios. Se evita todo lo que es apariencia y engaño, y tiende a mostrarse tal cual es.
La humildad se gana en la medida en que hay un verdadero conocimiento de sí mismo; cuando se aceptan las oportunidades de someter el propio juicio y de obedecer; cuando se atiene uno a lo previsto y exigido para todos, sin buscar ser excepción; cuando se reciben con alegría las humillaciones, incluso injustas, las reprensiones, correcciones, insultos; cuando se valoran las virtudes y cualidades de los demás por encima de las propias; cuando no se tiene inconveniente en tomar para sí los trabajos de menor consideración o los lugares más modestos; cuando no se toma uno a sí mismo demasiado en serio; cuando se adquiere el convencimiento íntimo de que sin Dios no podemos dar un paso («sin Mí no podéis hacer nada», Jn 15, 5).
Pero hay un grado de humildad que es un don que Dios da a quien quiere, y que hemos de pedir: «Sólo la humildad es la que puede algo —dice Santa Teresa— y ésta no es adquirida por el entendimiento, sino con una verdad, que comprende en un momento... lo muy nada que somos y lo muy mucho que es Dios» (Camino de perfección, 32, 13). Ésta es la humildad que adquiere el alma cuando intuye la cercanía de Dios, y ante tanta maravilla de santidad y belleza, se siente nada. Es la reacción que vemos en los grandes profetas cuando han tenido la experiencia de la visión de Dios. Isaías, mientras oía gritar a los querubines «santo, santo, santo», exclama: «Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros y habito en un pueblo de labios impuros» (Is 6, 5). Esa es también la profunda humildad de la Virgen María que se expresa en el Magnificat: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava» (Le 1, 46—47).
El motor de la humildad cristiana —como de toda la ascética— es el amor de Dios. «Sólo quien ama de verdad —dice San Gregorio Magno— no se acuerda de sí mismo» (Hom. 38 super Ev.). Y San Agustín escribe estas famosas líneas, en las que se puede resumir todo lo que hemos visto: «Dos amores construyeron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo, la celestial... Aquélla busca la gloria de los hombres; para ésta, en cambio, su máxima aspiración es Dios, testigo de su conciencia... En la primera, los poderosos y las gentes sometidas están dominadas por el afán de poderío; en la segunda, todos se sirven en el amor mutuo» (De Civ. Dei, 14, 28).