domingo, 13 de enero de 2008

El dedo de Dios


Desterae Dei tu digitus


Siempre me han impresionado esas imponentes figuras de Miguel Angel en el Capilla Sixtina. Magnífica e inolvidable la imagen de Dios Creador dando vida con su dedo poderoso a Adán. Son tantos los efectos del poder divino en nosotros… ¡El poder de la gracia que da la vida, que cura, que limpia, que santifica!

¿Qué hay que hacer para experimentar el toque de ese dedo divino que al principio se extendió hacia Adán? Ese dedo, de hecho, sigue extendiéndose hacia cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo, para comunicarle la energía que emana del Resucitado.

Ya no comunica tan sólo fuerza creadora, sino también fuerza redentora. «Acerca tu dedo..., acerca tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27), dijo el Resucitado a Tomás. Él acercó su dedo, acercó su mano y recibió, del contacto con Cristo, una «sacudida» tan saludable que todas sus dudas se vinieron abajo. Es este contacto pascual lo que el Espíritu realiza hoy en la Iglesia, porque Cristo «vive en el Espíritu» y el Espíritu es la fuerza misma del Resucitado.

San Agustín habla de un «contacto espiritual» (spirítalis contactus), que se realiza por consenso, o sea, cuando la voluntad del hombre concuerda con la de Dios. ¿Cómo es posible tocar algo que está en los cielos y no se ve? «¡Toca el que cree!» Toca el Espíritu y es tocado por el Espíritu el que cree el que «consiente», entregándose a él con una docilidad absoluta.
Al «dedo de Dios» que se extiende hacia el hombre para comunicarle su energía, ha de corresponder, como en el grandioso fresco de Miguel Angel, el dedo del hombre que se extiende, en la fe, para recibirla.