domingo, 3 de febrero de 2008

orar con los salmos I


La oración privada y comunitaria de los judíos se ha alimentado a lo largo de los siglos con el Libro de los Salmos. La Iglesia ha dado un puesto distinguido en la Liturgia de las horas y en el Oficio de Lectura a la recitación y canto de los salmos. En las Misas, los salmos forman parte de la Liturgia de la palabra en forma responsorial. El Salterio ha sido llamado 'el libro de oraciones de la Iglesia' por su reiterado uso en la Liturgia. La piedad privada de muchos hombres y mujeres de Dios se ha alimentado con la oración de los Salmos. San Agustín escribe sus largas Enarraciones sobre los salmos, en las que el Salterio es utilizado como tema de comentario y de oración.

¿Sabemos orar con los salmos?
Es fácil leerlos u oírlos leer distraídamente sin entrar en oración. A veces ni los entendemos, cuando nos encontramos con alusiones extrañas a nosotros, como «los toros de Basán» (22,13), o el «desierto de Cadés» (29,8). En otros momentos, la expresión del salmista desentona con nuestra idea de un Dios, amor perdonador, revelado en Jesús, y no descubrimos en sus fuertes expresiones la justicia y la santidad de Dios que triunfa sobre sus enemigos y los somete a su poder: «El Señor, a tu derecha, el día de su ira quebrantará a reyes; dará sentencia contra pueblos, amontonará cadáveres, quebrantará cráneos sobre la ancha tierra» (110,5-6).

¿Cómo orar con los salmos?
Podemos orar con los Salmos:

A) Sabiendo que ayer, hoy y mañana los salmos nos conducen a un encuentro personal y dialógico con Dios: «Qué densos sus capítulos...; si los desmenuzo, aún me quedas tú», «conmigo para siempre» (139,17-18). Más allá de la voz del salmista que ora e invoca a Dios, «debemos reconocer nuestra voz», nos dice San Agustín en su Comentario al salmo 61. Y continúa el santo Doctor: «Y no dije "nuestra", como si fuese sólo la de aquellos que actualmente estamos aquí, sino "nuestra", entendiéndola por la de todos los que estamos por todo el mundo; por la voz de los que nos hallamos desde el oriente al occidente».(1) El individuo creyente y la comunidad orante somos el yo y el nosotros de los Salmos, que invoca a Dios a lo largo de los siglos.

B) Pidiendo la luz del Espíritu Santo, autor principal e inspirador de los Salmos, para rezarlos como una expresión de nuestra fe en el Dios vivo. Los salmos tienen una función de memorial que permite a cada generación vivir y revivir los actos creadores y salvíficos de Dios. Con sus variadas formas de expresión, en la alabanza y en la súplica, en el grito del afligido y en el aplauso de la asamblea, en todos los Salmos, late la afirmación potente de la fe: «Tú eres mi Dios en cada circunstancia y serás siempre mi Dios». Los salmos se convierte así en una expresión orante en el Dios por encima de todo.