lunes, 25 de agosto de 2008

Mi alma tiene sed de ti

Salmo 62 (63)




El Salmo 62, en el que ahora meditamos, es el Salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico hasta alcanzar su plenitud en un abrazo íntimo y perenne. Es el salmo que nos habla del deseo de estar con Dios.

2 Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma tiene sed de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo despejado de Tierra Santa y el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de manera casi instintiva, parecería «física». Como la tierra árida está muerta hasta que no es regada por la lluvia, y al igual que las grietas del terreno parecen una boca sedienta, así el fiel anhela a Dios para llenarse de él y para poder así existir en comunión con Él.

3 ¡Cómo te contemplaba en el santuario,
viendo tu poder y tu gloria!
4 pues tu amor es mejor que la vida,
mis labios te glorificaban,
5 así quiero en mi vida bendecirte,
levantar mis manos en tu nombre;
6 me saciaré como de grasa y médula,
y mis labios te alabarán jubilosos.
7 En el lecho me acuerdo de ti,
y velando medito en ti,
8 porque Tú eres mi socorro,
y yo exulto a la sombra de tus alas;
9 mi alma se aprieta fuertemente contra ti,
tu diestra me sostiene.



Este salmo guarda gran semejanza con el 41 (42). En ambos, la sed expresa el amor por el Creador, así como la impaciencia por conseguir la unión con El:

2 Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua,
así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios.
3 Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo;
¿cuándo podré ir a ver la faz de Dios?


“La oración se hace deseo, sed y hambre, pues involucra al alma y al cuerpo. Como escribe santa Teresa de Ávila «sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del todo nos falta nos mata” (Camino de perfección, c. 19). Al leer este salmo a la luz del misterio pascual, -dice Juan Pablo II (Audiencia 25.4.2001)- la sed y el hambre que nos llevan hacia Dios son saciadas en Cristo crucificado y resucitado, del que nos llega, a través del don del Espíritu Santo y de los Sacramentos, la nueva vida y el alimento que la sustenta”.

El profeta Jeremías había proclamado: el Señor es «manantial de agua viva» y había reprendido al pueblo por haber construido «cisternas agrietadas que no contienen el agua» (2, 13). Jesús mismo exclamará en voz alta: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí (Juan 7, 37-38).

En plena tarde de un día soleado y silencioso, dice a la mujer samaritana (Juan 4, 10.14): Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva (...) El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna

Por ti madrugo. La expresión podríamos ponerla en labios de Jesús –como leemos en el Evangelio– muy de mañana, al amanecer, salió y se fue a un lugar solitario y allí oraba (Mc 1, 35). “Este salmo habla de la Persona de Cristo, es decir, de la cabeza y los miembros. Pues aquél único que nació de María, y padeció, y fue sepultado, y subió al cielo y ahora está sentado a la derecha del Padre e intercede por nosotros es nuestra Cabeza. Toda la Iglesia, que se halla diseminada por el mundo entero, es su Cuerpo. Todos los fieles, no sólo los actuales, sino también los que existieron antes que nosotros y los que, después de nosotros, existirán hasta el fin del mundo, pertenecen a su Cuerpo... Cuando oímos su voz, debemos entenderla como procediendo de la Cabeza y del Cuerpo... su voz es nuestra voz y la nuestra la de El. Oigamos ya el salmo y entendamos en él a Cristo que habla” (San Agustín. Enarrationes in psalmos, 62).

Tras el pecado, la humanidad era como tierra reseca, agostada, sin agua. Mediante la Encarnación, Jesús ha vuelto a suscitar en ella el ansia, la sed de Dios, enseñándonos a dirigir nuestros ojos al cielo y allí buscar su Rostro. Nos consuela saber que Él mismo ha asumido esta necesidad del corazón humano, que desea la salvación. Se hizo para nosotros mediador ante el Padre y alzó sus manos en la Cruz invocando su Nombre a favor nuestro. Así, mientras leemos este salmo sentimos crecer en nosotros el deseo de estar junto a Dios, que alimenta con su palabra nuestra nostalgia del Cielo. ¡Aumenta mi sed, Señor, para que yo busque más intensamente el “agua viva”!

Este salmo nos habla de la maravillosa unión con Dios a través de la Eucaristía: “a través de la comida mística de la comunión con Dios, el alma se aprieta contra Dios, como declara el salmista. Una vez más, la palabra «alma» evoca a todo el ser humano. No es una casualidad si habla de un abrazo, de un apretón casi físico: Dios y el hombre ya están en plena comunión y de los labios de la criatura sólo puede salir la alabanza gozosa y grata. Incluso cuando se está en la noche obscura, se siente la protección de las alas de Dios, como el arca de la alianza el alma está cubierta por las alas de los querubines. Entonces aflora la expresión estática de la alegría: yo exulto a la sombra de tus alas. El miedo se disipa, el abrazo no aprieta algo vacío sino al mismo Dios, nuestra mano se cruza con la fuerza de su diestra” (Juan Pablo II. Audiencia 25.4.2001).