martes, 4 de noviembre de 2008

Cualidades de la oración

Según Santo Tomás toda oración debe tener estas cinco cualidades


a) Debe ser confiada para acercarnos sin vacilación al trono de la gracia, como se dice en Hebreos 4, 16. Además debe hacerse con fe que no desfallezca, como dice Santiago (1, 6): "Que pida con fe, sin ninguna vacilación". Aun racionalmente esta oración es segurísima: está formada por nuestro abogado, que pide de manera sapientísima, en el cual están todos los tesoros de la sabiduría, como se dice en Colosenses 2, y del cual dice Juan 1, 2-1: "Tenemos un abogado cabe el Padre, Jesucristo justo"; por lo cual dice Cipriano en su tratado sobre la Oración Dominical: "Como con Cristo tenemos un abogado cabe el Padre por nuestros pecados, cuando pedimos por nuestros delitos, presentemos las palabras de nuestro abogado". También por otro motivo se ve que esta oración es oída más seguramente y es que EL mismo que nos la enseñó la oye con el Padre, según aquello del Salmo 90, 15: "Clamará a Mí, y Yo lo oiré". Por lo cual dice Cipriano: "Rogar a Nuestro Señor con sus propias palabras es hacerle una oración grata, familiar y devota". Por lo cual nunca deja de sacarse algún fruto de esta oración, y según San Agustín por ella se perdonan nuestros pecados veniales.

b) Nuestra oración debe ser también recta, de modo que el que ora le pida a Dios cosas que le convienen. Por lo cual el Damasceno dice: "La oración es una petición a Dios de dones que nos convienen".
En efecto, muy a menudo no es escuchada la oración porque se piden cosas inconvenientes. Santiago 4, 3: "Pedís y no recibís porque pedís algo malo". Difícil es sin embargo saber qué es lo que se debe pedir, así como es también muy difícil saber qué se debe desear. En efecto, no es lícito pedir en la oración sino las cosas que es lícito desear: por lo cual dice el Apóstol, en Rom 8, 26: "No sabemos orar como es debido". Pero quien nos lo enseñó es el mismo Cristo: a El le corresponde enseñarnos lo que debemos pedir. Por lo cual los discípulos le dijeron (Luc 11, 1: "Señor, enséñanos a orar".
Así es que las cosas que El mismo nos enseñó a pedir, rectísimamente se piden, por lo cual dice San Agustín: "Si oramos de manera justa y conveniente, cualesquiera que sean las palabras que digamos, no decimos sino lo que en la oración dominical está contenido".

c) La oración debe ser también ordenada como el deseo mismo, puesto que la oración muestra el deseo. El orden debido es que en nuestros deseos y oraciones prefiramos lo espiritual a lo carnal, lo celestial a lo terreno, según dice Mt 6, 33: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura". Lo cual nos lo enseña el Señor a observar en esta oración: en ella se piden primeramente las cosas celestiales y después las de la tierra.

d) La oración debe ser también devota, porque la consistencia de la devoción es lo que hace que el sacrificio de la oración sea acepto a Dios, según el Salmo LXII, 5-6: "En tu nombre alzaré mis manos: y mi alma se saciará de Ti como de médula y suculencia". A menudo por el mucho hablar se embota la devoción, por lo cual el Señor nos enseña a evitar la demasiada prolijidad en las palabras, según Mt 6, 7: "Al orar no multipliquéis las palabras". Agustín le dice a Proba: "Que no haya en la oración muchas palabras; pero no se deje de mucho suplicar si persevera el esfuerzo fervoroso".

Por otra parte, la devoción proviene de la caridad, que es amor de Dios y del prójimo. Y uno y otro se manifiestan en esta oración. En efecto, para dar a conocer el divino amor, a El lo llamamos Padre; y para dar a conocer el amor al prójimo oramos en general por todos diciendo: "Padre nuestro, y perdónanos nuestras deudas". A lo cual nos lleva el amor de nuestros prójimos.

e) La oración debe ser también humilde, según el Salmo 101, 18: "Atendió la oración de los humildes"; y Luc 18, sobre el fariseo y el publicano; y Judit 9, 16: "Siempre te ha sido acepta la súplica de los humildes y mansos". Tal humildad se practica en esta oración, porque hay verdadera humildad cuando nada fincamos en nuestras propias fuerzas y sólo del divino poder esperamos obtenerlo todo.