
Comentario de Raniero Cantalamessa:
¿Qué tiene, pues, que decirnos la fe cristiana sobre la muerte? Una cosa sencilla y grandiosa: que la muerte existe, que es el más grande de nuestros problemas...; pero, que ¡Cristo ha vencido a la muerte! La muerte humana no es ya la misma de antes, un hecho decisivo ha intervenido. Ha perdido su aguijón, como una serpiente cuyo veneno es ahora sólo capaz de adormecer a la víctima durante algunas horas; pero, no de matarla.
«La muerte ha sido vencida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, ch muerte, tu aguijón?» (1Corintios 15, 54–55). Pero, Jesús ¿cómo ha vencido a la muerte? No evitándola o arrojándola detrás como a un enemigo a disgregar. La ha vencido sufriéndola, gustando en sí toda su amargura. La ha vencido desde el interior y no desde el exterior. Cristo, en su vida terrena ha «ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte» (Hebreos 5, 7). No tenemos, en verdad, un sumo sacerdote, que no sepa padecer con nosotros nuestro miedo a la muerte. ¡Él sabe bien qué es la muerte! Tres veces se lee en los Evangelios que Jesús lloró y, de éstas, dos fueron ante la pena por un muerto. En Getsemaní, Jesús ha vivido hasta el fondo nuestra experiencia humana frente a la muerte. «Comenzó a sentir pavor y angustia», dicen los Evangelios (Marcos14, 33).
Jesús no se ha introducido en la muerte como quien sabe guardarse un as en la manga, la resurrección, que tirará fuera en el momento justo. El grito sobre la cruz: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27, 46) indica que Jesús se ha adentrado en la muerte como nosotros, como se cruza el umbral en la oscuridad y no se ve qué le espera más allá. Sólo lo sostenía una increíble confianza en el Padre, que le hizo exclamar: «Padre, en tus manos encomiendo, mi espíritu» (Lucas 23, 46).
Pero ¿qué ha sucedido, traspasado aquel umbral en la oscuridad? Aquel hombre, Jesucristo, escondía dentro de sí al Verbo de Dios, que no puede morir. La muerte ha tenido destrozados sus dientes o sus mordeduras para siempre. No ha podido «digerir» a Cristo y ha debido restituirle a la vida, como hizo la ballena con Jonás (cfr. Mateo 12, 40).
La muerte ya no es un muro ante el que todo se quebranta; es un paso, esto es, una Pascua. Es una especie de «puente de los suspiros», a través del cual se entra en la verdadera vida, que ya no conoce la muerte. En efecto, Jesús, y aquí está el gran anuncio cristiano, no ha muerto sólo para sí mismo; no nos ha dejado sólo un ejemplo de muerte heroica, como la de Sócrates. Ha hecho algo bien distinto:
«Uno murió por todos» (2Corintios 5, 14). «Gustó la muerte para bien de todos» (Hebreos 2, 9).
A fin de que nosotros pertenezcamos, ahora, a Cristo mucho más que a nosotros mismos (cfr. 1Corintios 6, 19s.), consiguió que, inversamente, lo que es de Cristo nos pertenezca mucho más de lo que es nuestro. Su muerte ya es más nuestra que nuestra misma muerte. «El mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro; y vosotros, de Cristo», dice incluso san Pablo (cfr. 1Corintios 3, 22 s.). La muerte es nuestra, más de cuanto seamos nosotros de la muerte; nos pertenece, más de cuanto nosotros pertenezcamos a ella. En Cristo, nosotros hemos vencido también a la muerte.
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