esperanza de las naciones y su Salvador:
Ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

Quizás la expresión más plástica de la realidad del Emanuel sea la figura del buen pastor que se preocupa por las ovejas más débiles e indefensas, las cuida con cariño y está atento de las más difíciles para que no se aleje del rebaño. El profeta Isaías pinta la experiencia que el pueblo tenía de la protección de Dios con los cuidados del pastor: como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,11). También los Salmos recogen esta imagen de Dios como el Pastor de su Pueblo (Sal 80,2) y expresan la seguridad que su presencia le infunde: con él nada le puede faltar (Sal 23). Jesús mismo se compara con el buen pastor en Jn 10; un pastor que va en busca de la oveja perdida (Lc 15,4- 7). De hecho los pastores que cuidaban sus rebaños en las cercanías del pesebre, son los primeros testigos que reconocen en el Niño del Pesebre al Salvador (Lc 2,8-18).
Emmanuel, Dios-con-nosotros, (Is 7,14). Quizás sea el título que más expresivamente nos muestra el plan de cercanía y de presencia salvadora de Dios. La acumulación de títulos mesiánicos en esta Antífona: rey, legislador, esperanza, salvador, Señor, Dios nuestro, parecen expresar la plenitud de confianza que impregna todo el Adviento. Y como si así se nos quisiera animar, ante la ya inminente venida, a gritar: ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.
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